LA BRECHA TRANSATLÁNTICA

Tras varios días de lluvia, una enorme grieta hizo su aparición en Nueva Zelanda. La espectacularidad del fenómeno despertó el interés de científicos y opinión pública, desbordando las fronteras del país austral. Algo similar sucede con la política transatlántica, cuyas fisuras están alterando la actual dinámica de bloques. En efecto, las decisiones aislacionistas de Donald Trump amenazan una relación que podemos remontar a la Revolución Americana. Los cambios producidos nos sitúan en un escenario distinto, incluso irreversible, en el que Europa emerge con personalidad propia.

   La ruptura del acuerdo nuclear iraní, por parte de los Estados Unidos, es el último y mas vigoroso ejemplo de los tiempos que corren. Mientras la Casa Blanca se repliega sobre sí misma, la Unión Europea opta por desmarcarse de una estrategia carente de consenso. Federica Mogherini, nuestra Alta Representante para Asuntos Exteriores y política de Seguridad, aseguró estar “determinada a preservar” lo pactado con Teherán. En dicho empeño no está sola, Francia, Alemania y Reino Unido son partidarios de mantener el acuerdo. Este hecho contrasta con la unidad mantenida hasta el mes de abril, y que se escenificó en la represalia desatada tras el ataque químico en Guta (Siria). No solo estamos hablando de ruptura sino de volubilidad, una combinación fatal para afrontar los retos de Oriente Próximo. Relacionado con este asunto, encontramos las diferencias surgidas en el seno de la OTAN. Durante la segunda legislatura de Barack Obama, Washington comenzó a presionar a sus socios europeos para estimular la inversión en defensa. Los acontecimientos ocurridos en Ucrania entre 2013 y 2014 evidenciaron nuestra escasa capacidad disuasoria. Donald Trump fue mucho más exigente, tosco y osado, poniendo en cuestión la propia Alianza Atlántica. Europa recibió el mensaje y decidió pasar a la ofensiva, creando la Cooperación Estructurada Permanente de Defensa (PESCO en inglés) a finales de 2017. Se trata de un paso importantísimo para la integración militar dentro de la UE, favorecida además por la salida del Reino Unido. Dicho proyecto busca desarrollar los ejércitos europeos de manera conjunta, dentro de una organización permanente y vinculante que estimulará la industria armamentística continental. ¿Hablamos de una OTAN europea? Es pronto para anticipar conclusiones, lo que sí podemos constatar es el aumento de las partidas de defensa tanto a nivel español como europeo. Esta medida choca con los intereses de Washington, pues su cuota de mercado puede verse amenazada. Tal y como afirmó el embajador norteamericano en la OTAN Kay Bailey: “Queremos que los europeos tengan sus capacidades militares, pero no que excluyan productos estadounidenses”. El marketing agresivo de Trump ha sido un descomunal error.

   Pero el choque no termina aquí, las relaciones comerciales han resultado igualmente caóticas. En verano de 2016 Francia y Alemania dieron por fracasadas las negociaciones del Tratado Transatlántico (TTIP) con los Estados Unidos, no obstante, otros proyectos similares con Canadá y Japón lograron salir adelante. El escándalo de las emisiones en vehículos Volkswagen, destapado precisamente en Norteamérica, no auguraba nada bueno. Más tarde, en 2017, la Unión Europea trató de tender puentes con su socio americano pero sin mucho éxito. Las ínfulas proteccionistas de Donald Trump, que ya habían malogrado el Tratado Transpacífico (TTP), terminaron enfrentando a Washington y Bruselas. Dos acontecimientos caldearon el ambiente. Por un lado las nuevas sanciones contra Rusia que comprometían intereses europeos, y por otro los aranceles a las importaciones de acero y aluminio. Esta última crisis estalló a comienzos de marzo, dejando a Occidente al borde de una guerra comercial. Para Europa se trata de un negocio provechoso, entorno a los 6.400 millones de euros anuales, que no desea perder. Ahora Bruselas está dispuesta a aceptar las nuevas reglas de juego, si los Estados Unidos rebajan sus estándares iniciales. Con independencia del resultado, la unilateralidad e improvisación demostrados por la Casa Blanca hacen temer futuros encontronazos.

   Mientras tanto, Rusia y China ven como la descomposición del eje transatlántico favorece sus intereses. El repliegue norteamericano abrirá escenarios hasta ahora vedados, que podrían alterar el equilibrio de fuerzas a medio plazo. ¿Cómo explicamos el espectacular crecimiento de la inversión rusa en México? Hablamos de un alza del 400% que no hará sino aumentar en las actuales circunstancias. Para la Unión Europea se presenta una oportunidad única de madurar, diseñar su propia agenda y hacerla valer en el ámbito internacional. Angela Merkel ha sido tajante: “Europa ya no puede confiar en que EEUU la proteja”. Quizás los desatinos de Trump sean el empujón que necesitábamos.

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