ESPÍAS, GAS E INFLUENCIA

El envenenamiento del ex agente Sergei Skripal en suelo británico, se ha convertido en una auténtica crisis. Tras varias semanas de sospechas y declaraciones cruzadas, diversos países occidentales anunciaron la inminente expulsión de personal diplomático ruso. Ya son 17 los Estados de la Unión Europea adheridos a dicha iniciativa, además de otras naciones como Estados Unidos, Canadá o Australia. La alta representante de la Unión para Asuntos Exteriores, Federica Mogherini, podría anunciar medidas adicionales en la próxima cumbre que tendrá lugar a finales de junio. A su vez, el ministro de asuntos exteriores ruso, Sergéi Lavrov, anunció el jueves que su país expulsará a 60 diplomáticos de los Estados Unidos.

   Desde la invasión de Crimea, no habíamos asistido a un momento tan difícil en las relaciones internacionales. La tensión de las últimas semanas nos trae recuerdos de la Guerra Fría, pero no estamos en la misma situación. Ni se contraponen dos conceptos antagónicos, ni las interdependencias propias de la globalización permiten crear bloques herméticos. En estos días confusos, la República Federal Alemana ha dado buena muestra de ello.

  Hasta el momento Berlín ha actuado como cabía esperar, solidarizándose con Gran Bretaña y procediendo a la expulsión de cuatro diplomáticos. En esta respuesta también ha influido el ciberataque sufrido por la red del Gobierno Federal el pasado mes de febrero, y cuya autoría se atribuye a Rusia. Su embajador en Alemania, Sergei Nechayev, trató de contener a Ángela Merkel sin ningún éxito. Apeló a las relaciones germano-rusas y su “importancia estratégica”. Pero, ¿a qué se refería exactamente? La respuesta la obtuvimos el 27 de marzo, con la aparición de una noticia cuando menos discordante. Alemania acaba de licitar en su territorio las obras de North Stream 2, un línea de 1200 kilómetros que bombeará gas ruso a través de las profundidades del Mar Báltico. Aunque ya hubo una aprobación parcial a finales de 2017, esta confirmación resulta decisiva. Dicho proyecto involucra a diversas compañías: Gazprom (Rusia), E·ON (Alemania), Winsterhall (Alemania), Uniper (Alemania), Shell (Reino Unido y Holanda), OMV (Austria) y ENGIE (Francia). Otras naciones están implicadas en esta infraestructura: Dinamarca, Finlandia, Suecia, y claro está, Rusia. El acuerdo inicial fue suscrito el 4 de septiembre de 2015, es decir, año y medio después de la invasión de Crimea. Seamos realistas, ni siquiera las sanciones de la UE hicieron que el gas dejara de fluir por Nord Stream 1 en dirección a Europa, tal y como informaba la agencia alemana DPA a finales de 2014.

    Sin embargo, la factura política de esta obra puede ser considerable. Representantes de Los Verdes y del FDP (liberales) han diriigdo una carta abierta al Frankfurter Allgemeine Zeitung, a la que se han sumado han sumado el eurodiputado de la CSU Manfred Weber y al ex ministro democristiano de Medio Ambiente Norbert Röttgen. La misiva va dirigida tanto al Gobierno Federal como al SPD, para que reconsideren su postura. Fueron los ecologistas los primeros en tratar de paralizar el oleoducto, pero las decisiones del gobierno regional de Mecklenburgo-Pomerania Occidental y de la Agencia Federal Marítima e Hidrográfica, han hecho inútiles sus argumentos. Las voces críticas confían en paralizar todo el proceso, sobre todo en los países que aún no han dado su plena conformidad, para evitar que Gazprom adquiera una posición ventajosa en el mercado europeo. En segundo lugar, un suministro adicional de gas por el norte hace que países amigos como Polonia y Ucrania de sientan orillados. A la pérdida influencia en materia de energía, como lugares de tránsito preferente, se unen las tensiones políticas que surgieron a finales de 2013 con el Maidan ucraniano. No podemos olvidar el despliegue de fuerzas de acción rápida de la OTAN, que desde 2015 se acumulan en nuestras fronteras orientales. Por consiguiente, algunos se preguntan que sentido tiene sancionar a una potencia si luego vas a hacer negocios con ella. El pecado alemán tiene una explicación, su dependencia gasística respecto a Rusia ronda el 40%. En las repúblicas bálticas, Finlandia y Noruega llega a ser del 100%. Quien sabe, incluso España podría obrar del mismo modo si estallase un conflicto diplomático con Argelia.

   Estados Unidos renuncia a ejercer de superpotencia y se refugia en el aislacionismo, Europa ve una oportunidad de ganar terreno y Rusia busca erosionar las relaciones transatlánticas para lograr influencia en el continente. La mala noticia es que asistimos al nacimiento de otra carrera armamentística. Las disensiones en el seno de la OTAN ha provocado el aumento del gasto militar europeo, mientras Putin acaba de presentar una nueva generación de armas nucleares capaz de desafiar el escudo antimisiles. ¿Cual será el próximo movimiento?

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s